¿Cómo fue mi experiencia en Machucabotones?

Un buen día del mes de julio, el destino me empujó a tocar las puertas de Machucabotones. Un mes después, recién cruzaría sus puertas. Me sentí como en el primer día de clases del colegio. No conocía a nadie. Ni a los profesores ni a los compañeros de “carpeta”. Sentía una mezcla entre nerviosismo y curiosidad.

Me di cuenta rápidamente que nuestros simpáticos profesores -César y Leslie- parecían los anfitriones de una reunión entre amigos. Sus amplias sonrisas me hicieron sentir bienvenida. Ellos enfatizaron que Machucabotones era un ambiente seguro para expresarse. Un ambiente donde podríamos sentirnos libres. Un ambiente donde nos respetaríamos unos a otros y donde los comentarios siempre serían constructivos.

Mi escritura siempre había estado contenida en un contexto académico o laboral. Hacía poco había comenzado a sentir la necesidad de comunicar y por ello me decidí a abrir un blog sobre temas de bienestar, pero me faltaba un poco de confianza. Me inscribí en el curso apropiadamente llamado “Como me da la gana” y era justo lo que me había recetado el doctor. Gran parte de mi vida creí que en la “repartición de talentos” no me había tocado la creatividad. Sin embargo, el ambiente era sumamente positivo, lo que me animó a tener una mente abierta. Soltar y confiar. Ese fue mi mantra.

Desde el primer momento en que el lapicero tocó el papel sentí que mágicamente las palabras iban apareciendo. Una tras otra. No, no estaba en medio de una película de Harry Potter. Había soltado mis expectativas y mis miedos. Estaba fluyendo con la inspiración. Un relato estaba viendo la luz y nacía a una gran velocidad. Tanta que mi mano ya comenzaba a dolerme. Era mi cuota de sacrificio en aras de la escritura. De pronto, se acabó el tiempo. ¿En verdad pasaron ocho minutos?

Me sentí realizada y hasta orgullosa de mi relato. Cuando caí en cuenta que tendría que compartir mi texto con el grupo y en voz alta, volví a sentir un poco de miedo. Respiré y recordé que estaba en un lugar seguro. Rápidamente el miedo salió por donde llegó. Comenzar a verbalizar lo que decían tanto mi cerebro como mi corazón, me ayudó a confirmar que había llegado al lugar correcto. Acababa de abrir un cajón que había estado cerrado desde niña y eso me emocionaba. Quería ver más. ¿Hasta dónde podría llegar? ¿Escribir un cuento? ¿Escribir una novela? Muchas posibilidades que no sabía que tenía dentro de mí.

Fueron pasando las semanas y no sólo escribía en clase sino también en mi nuevo cuaderno de apuntes. Recibía amable feedback de mis relatos por parte de César y Leslie. Aprendía también escuchando a mis compañeros de clase. Cada uno con su propia voz y experiencia. Tomé todas sus recomendaciones y así fui dándole forma mi propio estilo.

Decidí explorar aún más, pero esta vez mirando dentro de mí. Por eso, me inscribí a un segundo taller llamado “Escritura terapéutica”. Sentí que esa temática me ayudaría a conectar con mis emociones y poder transmitirlas a los lectores de mi blog.

Éramos un grupo de chicas de distintas edades, distintas profesiones y distintas historias; sin embargo, teníamos algo en común: queríamos escribir para sanarnos. Cada sesión era un nuevo descubrimiento para mí. Recordaba momentos del pasado y ahora podía verlos con una óptica diferente. Me sentía menos víctima y más dueña de mi destino. Siento que en este taller pude exteriorizar algunos de mis miedos mientras contaba mi propia historia.

Hoy siento más confianza para escribir y mi proceso creativo fluye libremente. Incluso puedo asegurar que se nota que hay un antes y un después de Machucabotones en mis textos.

¡Gracias César y Leslie por el cariño y dedicación que imprimen en sus clases!

Escribir es sanador. Escribir es emoción. Escribir es bienestar. Escribir es diversión. Escribir es aventura.

¿Te animas?

Un abrazo virtual,

Piliri

P.D. Este post lo escribí para el blog de Machucabotones que fue publicado el 03 de octubre de 2018.

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